La cultura pop que nos ha hecho (y nos hace) quienes somos

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Hay momentos en los que uno se da cuenta de que la memoria no está hecha solo de recuerdos personales, sino también de canciones, personajes de ficción y diálogos que no pertenecen estrictamente a nuestra vida, pero que forman parte de ella con la misma intensidad, y que a menudo atraviesan nuestra mente como uno de esos flashbacks de las películas de Akira Kurosawa.

De niño, cada vez que estaba enfermo (o fingía estarlo para no ir al colegio), mi madre ponía el VHS de La princesa prometida, y aquellas palabras de Íñigo Montoya –“Tú mataste a mi padre; prepárate a morir”– sonaban casi como a ritual de sanación. Es una de las escenas más nítidas de mi infancia.

Más tarde, al inicio de la adolescencia, llegó a mis manos una cinta pirata del Appetite for destruction de Guns N’ Roses, grabada en un aparatoso radiocasete de doble pletina. A las pocas escuchas decidí dejarme el pelo largo y empezar a vestir de negro, mientras los riffs de Slash hacían tambalearse en mi mente los cimientos de todo lo que parecía establecido hasta entonces.

Slash, guitarrista de rock Guns N' Roses.
Slash, guitarrista del grupo de rock Guns N’ Roses.

Y así podría seguir enumerando películas, series, discos, libros o cómics que no nos cansábamos de devorar una y otra vez, que nos divertían enormemente, por supuesto, pero que ante todo nos hacían mirar el mundo de otra manera. Ese archivo invisible es la cultura pop.

Durante mucho tiempo se ha tendido a mirar la cultura popular con cierta condescendencia, como si se tratara de un entretenimiento menor frente a la llamada “alta cultura”. El arte serio frente al ocio ligero. La gran cultura con mayúsculas frente a lo que simplemente consumimos en nuestro tiempo libre. Pero la cultura pop no solo entretiene, también educa, inspira, provoca y deja huella. Y, de todas formas, ¿acaso hay algo más revolucionario hoy en día que el ocio por el ocio en estos tiempos de adicción a la productividad?

Muchos de los referentes culturales que moldean nuestra sensibilidad no proceden necesariamente de museos, academias o bibliotecas canónicas, sino de pantallas de cine, estanterías de discos o series de televisión que marcaron épocas. Son obras que han configurado nuestro imaginario colectivo. Han definido estéticas, han marcado generaciones y han construido relatos compartidos.

La cultura pop es, en realidad, una forma de educación sentimental. Aprendemos sobre el amor, la rebeldía, la amistad o la pérdida a través de historias que nos acompañan durante años. Nos reconocemos en películas o en canciones cuyos autores parecen entender (y expresar) mejor que nadie nuestras propias inquietudes. Son como auténticos canalizadores emocionales, capaces de despertar en nosotros sentimientos profundos y sorprendentemente sinceros. Ya lo decía Rob Gordon (John Cusack) en esa obra de arte llamada Alta fidelidad: “¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido? ¿O estaba deprimido porque escuchaba música pop?”. Posiblemente jamás sabremos la respuesta.

John Cusack en escena de la película Alta fidelidad
John Cusack en una escena de la película Alta fidelidad (2000).

Incluso nuestra memoria generacional suele organizarse alrededor de estas obras, que funcionan como auténticas cápsulas del tiempo. Aunque conviene recordar algo: celebrar la cultura pop no significa vivir permanentemente en la nostalgia. Las obras que nos marcaron en el pasado forman parte de nuestra biografía emocional, sí, pero la cultura pop nunca ha sido un museo. Es un organismo vivo, en constante transformación, que sigue generando nuevas historias, nuevos sonidos y nuevos iconos capaces de fascinarnos con la misma intensidad que aquellos que descubrimos hace años. Cada generación tiene sus propias mitologías culturales, pero las creaciones de hoy pueden ser tan excitantes, influyentes o inesperadas como las que nos impactaron en el pasado. ¿O es que alguien puede permanecer impasible ante un episodio de Euphoria, un tema de Cigarettes After Sex o una novela de Jonathan Franzen?

Uma Thurman en una escena de la película Pulp Fiction
Uma Thurman en una escena de la película Pulp Fiction (1994).

La cultura pop tiene otra característica muy importante: a pesar de tener un claro componente colectivo, en realidad es profundamente personal. No existe un único canon, ni una lista universal de referencias que todos debamos compartir. Cada persona construye su propio mapa cultural a partir de descubrimientos, obsesiones y afinidades. Y todas son igual de válidas. ¿Acaso podría haber escrito Tarantino Pulp Fiction sin haber visto cientos de películas de serie Z en aquel videoclub en el que trabajaba cuando era un chaval? ¿Acaso es más respetable “visitar” el onírico Club del Silencio de Mulholland Drive que el Bar Reinols de Aída? La cultura pop habita tanto en el prime time como en los márgenes. Está en los grandes fenómenos que dominan conversaciones globales y también en las creaciones underground que solo descubren quienes saben dónde buscar. Puede ser masiva o minoritaria, mainstream o experimental. Puede formar parte del imaginario colectivo o convertirse en un extraño fetiche compartido solo por unos pocos. Pero en todos los casos tiene algo en común: la capacidad de generar mitos.

Y de eso trata precisamente este blog. De revisitar esas obras que han marcado un antes y un después. De volver a mirar a los artistas que cambiaron las reglas del juego. De desvelar historias detrás de iconos que creíamos conocer. De descubrir todo lo nuevo que se está creando en la actualidad. Y también de reivindicar que la cultura pop –en cualquiera de sus formas– es una parte esencial de nuestra historia.

Porque, al final, todos tenemos nuestra propia cultura pop. Y, de una manera u otra, es ella la que nos ha hecho quienes somos. Y, lo más interesante de todo, es que la historia sigue escribiéndose cada día.